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Cada domingo, antes de misa, mi abuela nos peinaba concienzudamente. El problema de mi hermana era el pelo largo, que había que desenredar a base de tirones. El mío, tres o cuatro mechones rebeldes, justo en la coronilla.
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Mi abuela me mojaba el pelo y pasaba una y otra vez el cepillo, pero no pudo con las greñas hasta que se ocurrió comprar laca. Me acuerdo de aquel día porque me echó tanta laca que el olor me acompañó toda la semana.
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—Estate quieto, que van a dar el primer toque, aun llegaremos tarde a misa.
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Yo asentí con los ojos cerrados, porque la laca llenaba la habitación. Pero llegamos a tiempo a la iglesia. Bien vestidos y bien peinados. Con la ropa de los domingos, no como ahora, que da igual domingo que lunes. Y con mis greñas repeinadas.
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La misa me provocaba un aburrimiento culpable. No entendía aquellas expresiones tan solemnes y mi imaginación divagaba por los santos y vírgenes. Pero mi abuela no toleraba bromas ni distracciones. La religión era algo muy serio y no cabían chistes ni risitas. Confiaba en que nos portaríamos bien, decIa, pero siempre se sentaba entre los dos.
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Llevábamos un rato de misa cuando mi hermana comenzó a reír. Mi abuela me miró y yo negué con la cabeza; no le había sacado la lengua ni echado pedorretas.
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Mi abuela nunca me pegaba, pero cuando se disgustaba ponía una expresión que dolía más que un pellizco. «Cómo has podido hacer eso», decía con los ojos. Me llevé la mano al antebrazo, porque aquellos pellizcos figurados dolían más que los de verdad, y estiré el cuello para mirar a mi hermana, que aún se aguantaba la risa.
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Entendí que si me escocía un pellizco que no me habían dado, mi hermana podía reírse de una pedorreta que no le había hecho. Bastaba con que uno pensara las cosas para que sucedieran.
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En ese momento sentí un picor en la cabeza, justo en la coronilla. No recuerdo si me la toqué o si solo pensé en hacerlo, pero noté cómo la gruesa capa de laca cedía y las greñas se levantaban invictas.
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—Eso te pasa por portarte mal en misa. No te echaré más laca —sentenció mi abuela cuando salimos.
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Esto confirmó mi teoría: bastaba con que uno pensara las cosas para que sucedieran. Al menos las malas. Desde entonces, cuando me vienen a la mente cosas malas, me doy pellizcos figurados para alejar el pensamiento.
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Lo que no he podido quitarme son las greñas, que se siguen levantando si me dejo crecer un poco el pelo.
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Hace años, una amiga enfermera me dijo que esa parte de la coronilla está sobre el área de Broca, la parte del cerebro encargada del lenguaje. En ese momento lo entendí todo: las greñas hacían de antena de mis pensamientos. Me enorgullecí de mi aspecto desaliñado y cuando alguien me decía que no me había peinado le explicaba que era cosa del área de Broca y que no lo entendería. La que lo entendía era mi abuela.
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Científicos de todo el mundo
Este verano me leí un libro de Manolito Gafotas. Que sí, que me da igual que digan que es para niños. Me encanta leerlos porque me río mucho y, además, porque me parece muy difícil escribir así, con la voz de un niño:
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El cuerno no aparecía por ninguna parte; entonces dijo que un día la íbamos a matar de un disgusto y de un infarto mortal. Por primera vez después del verano mi abuelo se dejó los calcetines puestos para dormir; lo sé porque me acosté con él. Es que en mi barrio, que es Carabanchel, en cuanto empieza el colegio empieza el frío. Es así, lo han demostrado científicos de todo el mundo.
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Os dejo una entrevista a Elvira Lindo que quizá nos da una pista sobre cómo mantener esa voz infantil:
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Muchas gracias por leerme. Pasa una feliz semana.
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