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La vida tiene sus chistes. Por ejemplo, sufrir una lumbalgia el día de tu cincuenta cumpleaños, como la alarma programada en un preciso reloj biológico. Además, en el trabajo últimamente me envían a Madrid. El último mes dos veces. Eso son muchas horas sentado en el tren y en espacios con sillas nada ergonómicas que no le vinieron muy bien a mi espalda.
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Cuando regresaba del segundo viaje, un incendio en Sagunto cortó la vía del AVE y nos obligó a continuar el trayecto en un cercanías. Fue allí, en un vagón cualquiera, donde las encontré.
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Una chica muy joven, no llegaría dieciocho, y una mujer más mayor, de mi edad. Se encontraron en el vagón y se alegraron de verse. Yo las tenía delante y no podía evitar oír todo lo que decían. Sé lo que pensáis, pero de verdad que no podía.
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—El otro día vi al Johny —decía la joven.— Todo borracho y encocado. —¿Ah, sí? Pues decía que quería trabajar —Uy, que va, así no puede.
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Hablaban de alcohol y drogas con una extraña naturalidad entre generaciones tan distintas. Y de muchos otros temas: del calor que hace y de la sed que les da. De si el agua del lavabo del tren será potable o venenosa.
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La joven tenía un sueño: encontrar trabajo e irse a vivir a Sagunto.
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—Qué poco pides, hija —dijo la mayor, cuyo sueño era que su hijo fuera a trabajar en el Burger King, que buscan a gente con discapacidad, pero él no quiere.
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«Qué poco pides», repetía la mayor, porque ella no se iría a Sagunto. Habrá lugares más bonitos, digo yo. Tarragona es muy bonito.
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Yo sostenía un libro de Millás mientras las escuchaba y, de vez en cuando, levantaba la mirada hacia la conversación, mucho más interesante.
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La mayor odiaba a los colombianos porque no te dejan entrar en sus bares. Bar de colombianos, bar que no dejan entrar a los españoles, que yo sé lo que digo que tengo uno debajo de casa. A ver si viene Vox y los echa, sobre todo a las colombianas, que se ponen implantes de silicona en el culo. La joven, que no era española, asentía con vehemencia.
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La conversación derivó, por algún motivo, en los piercing y la mayor se levantó la camiseta para mostrarle los que llevaba, que resultaron ser muchos. El libro de Millás era una edición de bolsillo y no daba para tapar aquel despliegue, así que hice como que me reacomodaba en el asiento y me senté de lado.
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Pero siempre había más piercing y yo cada vez giraba más el tronco hacia el pasillo, hasta que sentí un pinchazo en las lumbares que me acompañaría la siguiente semana.
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Entonces me di cuenta de que eran dos personajes. No en el sentido despectivo de peculiares, sino en el mejor posible. Personajes escapados de alguna novela. Tan especiales, auténticas y diferentes que me fastidié la espalda por no cambiar de asiento. Exhibían una relación que transcendía la diferencia de edad y me llenaba de preguntas, ansioso por pasar página para averiguar cómo se conocieron, qué las unía tanto, si la joven trabajaría en Sagunto o si la mayor encontraría un trabajo adecuado para su hijo en el Burger King.
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Ojalá hubiera tomado notas para captar todos los detalles. Porque muchas veces las historias se nos escapan entre los dedos si tardamos en escribirlas. Los personajes se emborronan, se esconden tras los asientos de un tren y la megafonía de la renfe. Ahora mismo no recuerdo mucho más de lo que he anotado.
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A lo peor, después de leer esto, pensáis que estas mujeres no son tan interesantes y que sus vidas no tienen nada que aportaros. Que estáis perdiendo el tiempo con esta historia. Si pensáis eso, la culpa es mía. Llegué a casa agotado y no fue hasta el día siguiente que tomé algunas notas; no fue hasta una semana después que me senté a escribir esto.
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Los personajes ya se habían difuminado. Esto que os escribo no son ellas, sino un recuerdo emborronado. Por eso no está tan vivo, por eso mi recuerdo es más interesante que estas palabras, aunque no lo sepa contar.
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No me volverá a pasar. A partir de ahora, no llevaré ediciones de bolsillo en el tren, sino libros grandes, de tapa dura y resistente. Si las vuelvo a ver lo abriré frente a ellas y, aprovechando su sorpresa, las estrujaré hasta encerrarlas entre sus páginas. Ese día volveré y os contaré la historia, pero bien contada, como ellas merecen.
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Planes de verano
Disculpad la historia, pero no me lo he podido evitar. Muchos de mis personajes están hechos de personas con las que me he cruzado. De hecho, alguno es un retrato fiel de alguna persona: Viorel, Clemente, Alba o Francisco.
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Tengo algunas cosas que contar, pero aún es pronto porque no están cerradas. Es posible que en el próximo correo (que no se demorará tanto) os proponga algún plan. Hasta entonces, ¡disfrutad del verano!
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Ya me despido. Pasa una feliz semana.
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