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Mi profesora de piano compagina las clases particulares con sus estudios en el conservatorio. Es perfeccionista, metódica, tenaz. Una pianista decimonónica atrapada en el cuerpo de una veinteañera.
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Cuando nos conocimos, yo ya llevaba un par de años recibiendo clases y creía que sabía algo, pero conforme me senté corrigió mi postura. Espalda recta, trasero hacia delante, codos en ángulo recto, un poco más abiertos; hombros más relajados; muñecas rectas.
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A ver quién se relaja. No sé cómo no me caí de la silla. Me pidió que tocase algo, lo que quisiera. Cuando terminé, sonrió.
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―Tenemos mucho trabajo por delante.
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Creo que ese es el don de los buenos profesores: explicar de nuevo algo que el alumno cree saber hasta que, otra vez, crea que lo sabe.
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Esta semana hemos retomado la clase tras el verano. Nos alegramos de vernos. Me cuenta que ya tiene la orla de la carrera de piano. Se ha guardado alguna asignatura para el año próximo, pero no ha renunciado a salir en la orla de su curso. ¿Quién quiere una foto con desconocidos?
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Le doy conversación para retrasar el momento de sentarme frente al piano. Sé que se dará cuenta de que no he trabajado en todo el verano. Le digo, por decir algo, que ya puede dejarse el conservatorio. Al fin y al cabo, una orla enmarcada en dorado es lo que todos buscamos en las carreras.
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Me pide que abra el libro y escoja una pieza. Paso páginas al tuntún hasta que me lo quita de las manos para elegir ella misma. Entonces se percata de que casi todas las piezas tienen anotada la digitación: números escritos a lápiz que indican con qué dedo (con qué dígito) tocar cada nota. El uno para el pulgar, el dos para el índice... La digitación se anota a lápiz sobre la partitura porque es diferente para cada intérprete.
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Al ver los garabatos, sonríe.
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―Pues este libro ya lo tienes trabajado. Tendrás que mirarte otro más avanzado.
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Asiento mientras me devuelve el libro de partituras. Aprovecho que se despista para abrir por una de las piezas que me sé, una de las fáciles de las primeras páginas.
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Pobre profesora. No se da cuenta de que la digitación es como la orla. Da el pego pero no demuestra demasiado. Solo que estabas allí cuando sacaron la foto o que anotaste números en un libro. El remordimiento me vence y acabo confesando que en todo el verano solo he usado el piano para apoyar la cervecita.
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Como si ella no lo supiera.
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Adónde van estos cuadernos
Cuando comencé con estos correos quería compartir algunas notas sobre el proceso de escritura. Semana a semana, se han convertido en otra cosa: pequeñas historias que anoto, quizá para utilizar en algún momento. Casi todas son reales, aunque llevan condimento.
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Lo explico porque en las últimas semanas os habéis sumado algunos más y quizá os preguntáis de qué va esto, pero me temo que ni yo mismo lo sé. Andaremos y veremos ;)
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La pieza
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Esta es canción que estoy perpetrando ahora. Como me sale regular, comparto un enlace de alguien que la toca bien, por si te da curiosidad.
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