|
|
El otro día mencioné el cuento Veinticinco de agosto, 1983, de Jorge Luis Borges. En este cuento, el propio Borges va a firmar el libro de registro en un hotel de Adrogué cuando sucede algo inexplicable:
|
|
|
|
Tomé la pluma que estaba sujeta al pupitre, la mojé en el tintero de bronce y al inclinarme sobre el libro abierto, ocurrió la primera sorpresa de las muchas que me depararía esa noche. Mi nombre, Jorge Luis Borges, ya estaba escrito y la tinta, todavía fresca.
|
|
Borges sube a la habitacion que ocupa la persona que se ha registrado con su nombre.
|
|
|
|
Era el cuarto más alto del hotel. Abrí la puerta que cedió. No habían apagado la araña. Bajo la despiadada luz me reconocí. Una tenue sonrisa iluminó el rostro envejecido. Sentí que esa sonrisa reflejaba, de algún modo, la mía.
|
|
En ese momento, un Borges de sesenta y un años descubre a otro Borges, con ochenta y cuatro.
|
En ese relato el Borges anciano responde las preguntas del más joven sobre lo que le depara el futuro:
|
|
|
—¿Qué puedo decirte, pobre Borges? Se repetirán las desdichas a que ya estás acostumbrado. Quedarás solo en esta casa. Tocarás los libros sin letras y el medallón de Swedenborg y la bandeja de madera con la Cruz Federal. La ceguera no es la tiniebla; es una forma de la soledad. Volverás a Islandia.
|
|
Que Borges me perdone, pero leo este cuento como una oportunidad perdida. Entiendo la curiosidad del joven por lo que le depara el futuro: si podrá escribir su obra maestra, si volverá a Islandia. Estas preguntas, tan acuciantes para el joven, son del todo superfluas; el futuro llegará, implacable. Incluso repetirá los errores que le menciona el anciano, que ya le advierte de ello:
|
|
|
|
—Mis palabras, que ahora son el presente, serán apenas la memoria de un sueño.
|
|
|
|
No tiene importacia que el joven descubra que escribirá una obra maestra; lo va a hacer de todos modos. Es el Borges anciano quien debería hacer las preguntas. Sobre su pasado. Sobre todo aquello que ha olvidado y que el joven acaba de vivir.
|
La memoria del Borges octogenario, lejos de conocer su pasado, tendrá lagunas y distorsiones interesantísimas —esta vez si— de destripar. ¿Reconocerá sus errores? ¿Recordará con cierta ternura a alguno de los rivales que criticó con tanta dureza? Y cuánto daría el anciano por la frescura de una anecdota reciente con un ser querido que ya no está.
|
Aún más, el Borges joven puede pecar de la presbicia de lo cotidiano. No dar valor a lo asumido como natural. No dar importancia a un acto determinante que marcará su futuro, como ha marcado al anciano.
|
Y como siempre, estás páginas me llevan una vez más a la bendita memoria. No sé a santo de que esta obsesión. Es el tema de Olvido, pero también, ahora lo veo, el de Zacarías. En sus últimos capítulos el pasado de los personajes explica sus actos. La memoria siempre ayudando a entender la historia.
|
Si dentro de veinte o treinta años estoy en una habitación de hotel y abre la puerta el Paradís de cincuenta años, esta será mi única pregunta: «¿Por qué esta obsesión con los recuerdos? Dime, Paradís, ¿ya lo has averiguado?».
|
|
Adónde vamos
Pasan las semanas y me doy cuenta de que estos textos tienen vida propia. Quería hablar sobre el proceso de escritura, pero la escritura misma se impone y acabo esbozando relatos (por mucho que me hayan ocurrido, no dejan de serlo) o dándole vueltas a textos como el de Borges, que me interpelan.
|
Esto es una disculpa, pero no un propósito de enmienda. Si lo escribo es porque llevo media semana dándole vueltas y no se me ocurre otra forma de sacármelo 😜
|
|
Por si tienes curiosidad, te la comparto en el botón azul.
|
|
|
|
|
|
|
|
Ya me despido. Pasa una feliz semana.
|
|
|
|
|
|
|
|