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El fútbol no me dice nada. Antes disimulaba para participar en conversaciones. No es muy difícil, creo: solo hay que aprenderse un par de frases y tu interlocutor no se da cuenta de tu ignorancia. O eso creo.

Aun así, el fútbol es omnipresente, y más durante estos días. Yo mismo, que no veo un partido desde la EGB, acabo siguiendo el marcador por los gritos de gol que se escuchan en el barrio. También percibo las ocasiones fallidas ―unos gritos diferentes a los otros, que se hunden en el sofá― e incluso los goles en contra, seguidos de un silencio que también se escucha.

Pero esos gritos no son simultáneos, sino que llegan en tres o cuatro andanadas, con unos segundos de separación entre una y la siguiente. Primero gritan los de enfrente, después los de arriba y, un poco más tarde, los de la esquina. Imagino que el retraso se debe al canal elegido: radio, televisión en abierto, por satélite o retransmisiones por Internet.

Y aquí viene mi teoría. No sé cómo, pero creo que el vecino de enfrente paga para ver los goles antes. Hace tiempo que lo observo y sé lo que digo. Es el que más grita y lo hace con ostentación, como quien se pasea con un coche caro solo por darse el gusto de que lo vean. Me asomo al balcón y le veo mirando la tele con esa cara de ostentoso y deseo que no haya más goles en el resto del mundial solo por quitarle el gusto.

Se me ocurre poner la tele para comprobar mi poder adquisitivo en comparación al vecino, pero solo veo anuncios. Quizá soy más pobre, pero no tanto como para estar todavía en los anuncios cuando el partido está acabando. Entonces me doy cuenta de que tengo muchas horas de publicidad acumuladas por todos los partidos que no he visto desde la EGB. Quizá hasta que no los termine no saldrá nada más. Apago la tele y me voy a otra cosa.

Los libros de Veva


Esta semana me ha llegado una reseña de Olvido que me ha hecho mucha ilusión por la pasión y energía que transmite. Por si la quieres leer:

Ya me despido. Pasa una feliz semana.

Pedro Paradís
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