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Quería compartir contigo un cuento que escribí hace unos años. Se llama Su de ella y fue publicado por Modernidad Líquida en un libro llamado Literàssim, que recopilaba cuentos escritos en el taller de escritura creativa de Benicàssim. Aquí lo tienes:
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El coche fúnebre llega antes de lo previsto y tiene que esperar a que la gente entre en la iglesia. Qué distinto sería si se tratara de una boda, se dice el empleado del tanatorio. Entonces todos correrían o, quizá, alguno le daría un abrazo apresurado a la novia. Es lo que tienen los entierros, que nadie tiene prisa. Abre el maletero y le quita las bridas al féretro. Tanta brida, como si se fuera a escapar este ahora. Los hijos aguardan junto al coche y uno le da el mando a distancia de un televisor. —Ya le habrán explicado… —Sí —responde el operario—, su última voluntad. Abre el ataúd sin sacarlo del coche, que tampoco es cuestión de dar el espectáculo, y coloca el mando sobre el pecho del cadáver. Las manos, frías y agarrotadas, encajan como si lo estuvieran esperando. En fin. Ayuda a los hijos a cargarse la caja sobre los hombros y se sienta al sol con un cigarro. El calor lo relaja, lo amodorra, y juraría que se ha quedado dormido, porque ya salen todos. Los hijos, de vuelta con la caja; la viuda, detrás, llorando cogida de los familiares que, ya que no cargan al muerto, se conforman con sostenerla a ella. Al operario todos los muertos le parecen iguales. Las viudas, también. A base de rutina ve los entierros como quien pasa la vida en una línea de montaje. Ni el detalle del mando a distancia le llama la atención. Si él contara todo lo que ha visto. En fin. El mando no, pero la viuda sí, un poco. Tiene algo diferente, y el operario la mira con curiosidad ociosa. Las ha visto de toda clase: viudas alegres y desconsoladas. Apáticas, indiferentes, maleducadas. Pero esta no es como las demás: tras la mirada acuosa tuerce la comisura de los labios, como si estuviera a punto de rematar un chiste. Abraza a la suegra, besa a los primos, intercambia frases manidas con algún conocido. No somos nada, le dicen; estaba tan bien, responde, mientras su mano ya busca al próximo interlocutor. La semana pasada hablé con él. Sí, te apreciaba mucho. En su postura, en su voz, en sus modos ya hacen mella el cansancio del velatorio, la burocracia y la formalidad. Pero aguanta, mantiene el tono triste y agradecido durante el trayecto al camposanto, donde solo los más cercanos dan el último adiós. Ella debería estar triste, pero se siente cansada sobre todas las cosas y la fatiga no le deja sentir más. Solo una idea le va y le viene por la cabeza: su última voluntad. Su de ella. Y siente otra vez la tensión en los labios que se contraen, como a la salida de la iglesia. Toda, toda la vida tragando fútbol, ciclismo, olimpiadas. Toda la vida sin soltar el mando, Ramiro. Es justo que te lo lleves. No me lo pediste, pero sé que lo necesitas más que a mí. Empujan la caja hasta el fondo del nicho y abraza a la suegra, que rompe a llorar. Quizá alguien se fije en sus labios apretados, pero lo atribuirá a la emoción contenida. Ay, Ramiro, ya verás qué risa cuando veas que el mando no lleva pilas.
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Es todo por el momento. Espero que te haya gustado ;)
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