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Mauricio murió hace años tras una aciaga visita al dentista. Yo me enteré de casualidad y ya no recuerdo quién me lo contó. El conocía a mucha gente.
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Hacía no sé cuánto que no pensaba en él, pero el otro día vi su número en la agenda mientras buscaba un cerrajero. Que para un cerrajero barato que encuentro, cómo no lo voy a guardar en mis contactos.
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Mauricio tenía su mesa frente a la mía y pertenecía a una generación que ya no existe. Tenía una hija, una novia, una medalla, una pistola, un maletín y media docena de palos marcados en la espalda, recuerdo del día en que, por error, se metió en una manifestación. Después de que lo atendieran los sanitarios se acercó a los antidisturbios que lo habían apaleado para agradecerles su dedicación, o al menos eso contaba sin rastro de ironía. Él era muy de la Policía, la Guardia Civil y lo que hiciera falta.
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Trabajar con él era como hacerlo frente a un escenario; cada día se estrenaba una función diferente. Una mañana te vendía un cuadro que había pintado y la siguiente te hablaba de una sociedad secreta a la que pertenecía. Otro día entró una desconocida que buscaba a alguien y se había equivocado de despach. Era muy joven. Rizos rubios, labios muy pintados y vestido verde. Él se levantó, firme marcial, y gritó un «viva el verde» con tanta fuerza que vinieron de otro despacho a ver qué pasaba.
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Él, a veces, hacía esas cosas. Era lo que le definía, creo. Eso y una resistencia tenaz a jubilarse. Se llamaba a sí mismo dinosaurio y decía que trabajaría hasta la extinción.
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Un día se marchó antes de la hora porque tenía dentista. Algo sucedió. Creo que la anestesia no le hacía efecto y eso era síntoma de otra cosa. De algo malo.
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Pasaron unos meses sin noticias y me enteré de casualidad de que la enfermedad había podido con él. Alguien me lo dijo, no recuerdo quién. El conocía a mucha gente.
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Recuerdo la visita al tanatorio desierto. No porque no tuviera amigos, sino porque estaban en otra parte. Recuerdo el ataúd cerrado y la novia resignada. El frío del aire acondicionado en agosto.
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Al salir nos sentamos en el primer bar a tomar una cerveza. Le dije el camarero que venía de ver a Mauricio y me preguntó cómo estaba. Mauricio conocía a muchos camareros, pero a él no lo conocían tanto.
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No sé cuánto hubiera tardado en acordarme de él si no hubiera encontrado su número en la agenda. Me dejé las llaves dentro de casa y buscando un cerrajero me tropecé con su contacto.
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Pero había algo diferente. Bajo su nombre y número de teléfono no estaba su foto, sino la de una mujer con el pelo rubio y los labios muy pintados.
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Imagino que la compañía telefónica rescata los números libres, porque números hay muchos, pero también se acaban. El dinero no entiende de recuerdos ni de lutos, pero el azar nos da las mejores ironías. Lástima que en la foto del móvil no se aprecie qué lleva puesto la mujer. Me pregunto si será un vestido verde. Ojalá que sí.
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Mujeres y hombres
Hace un par de semanas una amiga me preguntó si me había costado escribir Olvido, protagonizada por dos mujeres. Una vez le hizo esa pregunta a una escritora y esta le dijo que esas cosas solo se las preguntaban a las mujeres.
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Le di una respuesta que ahora me parece superficial. La semana siguiente escuché el audiolibro de Comerás flores y sé que esa maravilla es algo que jamás podrá escribir un hombre.
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Ya me despido. Pasa una feliz semana.
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