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Dentro de mí hay mucha gente. Personas que fui en algún momento y que siguen ahí dentro, en duermevela, hasta que algo llama su atención. Hay un mal estudiante de secundaria, un incondicional de Borges y un coleccionista de sellos, entre muchos otros. Porque yo he sido todas esas personas y no concibo que desaparezcan sin más. Y porque a veces me hablan. Dentro de mí también hay un niño de ocho años que iba al colegio con la mochila en la espalda.

Cada día, de camino a la escuela, ese niño pasaba frente a ese bar. Era un bar de pueblo. Los parroquianos se conocían desde siempre, compartían conversación y se sentían libres de sentarse en cualquier mesa, aunque estuviera ocupada.

El bar tenía dos puertas, la de la calle principal y la trasera, que daba al callejón. Pronto descubrimos que si entrábamos por una puerta y salíamos por la otra, acortábamos camino. Y eso hacíamos todos con la mochila en la espalda: atravesábamos el bar camino a la escuela y de regreso. Eso al dueño del bar no le gustaba.

Un día se cansó de la procesión de escolares atravesando su negocio y cerró una de las puertas. No la que usamos para entrar, sino la otra, la que daba al callejón. Así, después de atravesar el bar tuvimos que dar la vuelta entre las risas y aplausos de la clientela.

Ninguno de los otros niños volvió a tomar el atajo, pero yo lo intentaba cada día. No sé por qué, pero cada día atravesaba el bar y tras forcejear con el picaport me tocaba volver atrás. Lo hice tantas veces que al final nadie me prestaba atención.

No recuerdo cómo acabó la historia; imagino que me cansé. Todos nos cansamos. El bar sigue allí y ha cambiado de dueño tantas veces que ya no sé ni cómo se llama.

Hoy he pasado por el callejón, el de la puerta que se cerró para siempre. Había un cartel pegado a la puerta: SE TRASPASA.
El niño que llevo dentro de mí, el que perseveró frente a la puerta semana tras semana, ha dado un salto de alegría.

—¿Lo ves? —me ha dicho—. ¡Se traspasa! Yo tenía razón. Al final nos dejan pasar.

Le he dado la razón y me he quedado un rato allí, frente a la puerta del callejón, hasta que ha pasado alguien y me ha mirado con sorna, como cuando atravesaba el bar.

El niño ha vuelto a su lugar dentro de mí. No le he querido decir que la puerta sigue cerrada.

Todo esto sucedió, más o menos


Esta es la primera frase de Matadero cinco, de Kurt Vonnegut. En el taller de escritura creativa discutíamos sobre estrategias para escribir la primera frase de una historia y Enrique habló sobre este libro.

Kurt Vonnegut no quiso escribir una historia de guerras y héroes, sino contar la verdad de su propia experiencia: que eran niños, que estaban asustados, que no sabían lo que hacían. El horror de la guerra lleva a Vonnegut a introducir otros elementos de ciencia ficción que lo atenúan. De ahí la frase.

¿No hacemos algo parecido siempre que escribimos? Queremos contar la verdad o, al menos, nuestra verdad. Lo hacemos casi siempre con trozos de verdad y trozos de ficción, pero esto no es mentir en absoluto. La ficción también puede ser verdad.

En el botón dejo te enlace al capítulo de Grandes Infelices en el que hablan de Matadero cinco. Si tienes 42 minutos no dejes de escucharlo.

Muchas gracias por leerme. Pasa una feliz semana.

Pedro Paradís
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