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Hola, suscriptor@:

Hace tiempo escribí un relato sobre un hombre que, tras años de cacería, encontraba a su torturador.

El cuento se extendía durante muchas páginas porque la búsqueda fue larga y llena de dificultades. El protagonista cruzó fronteras y océanos, investigó en archivos y bibliotecas, sobornó a burócratas. Perdió el rastro en innumerables ocasiones, pero nunca desfalleció.

Lo había jurado: no descansaría mientras el torturador caminara sobre la tierra. Y finalmente lo encontró en un país remoto, recluido en una casa solitaria, con perros guardianes y una alambrada.

No tuvo prisa en ejecutar su venganza. Alquiló una habitación en el pueblo más cercano y aquella noche, por primera vez, durmió sin pesadillas. Durante las semanas siguientes, elaboró su plan. Vigiló y esperó. Encontró el momento adecuado. Saltó la alambrada. Durmió a los perros. Entró en la casa.

Allí, media vida después, lo encontró. Sentado de espaldas a la puerta, con el pelo blanco y mucho más delgado. Matarlo sin más sería fácil, pero injusto. Antes de ejecutarlo debía explicarle quién era y por qué le iba a matar. Era lo apropiado.
Cuando el viejo giró la cabeza, le mostró una mirada vacía, desoladora. Cuando le apuntó con el arma, el viejo entreabrió los labios dibujando una sonrisa bobalicona.

El protagonista de mi relato comprendió que el tiempo y la enfermedad habían convertido al viejo en una persona vacía. Incapaz de hablar, entender o recordar. El hombre al que había jurado matar no estaba en aquella habitación; había partido mucho tiempo atrás, mientras él lo rastreaba por medio mundo.

Mi relato debía terminar así: el protagonista se marchaba sin ejecutar su venganza porque matar al viejo hubiera sido matar a un inocente. Sin embargo, no pude acabar de escribirlo. Esta historia se quedó en la carpeta de borradores y allí sigue hasta hoy.

No la pude terminar y creo que el motivo tiene que ver contigo, que me estás leyendo, y por eso te cuento esta historia. Me sigo culpando por lo que te hice hace ya tantos años. Todos me dicen que no le dé importancia, que tú lo habrás olvidado. Que ha pasado mucho tiempo, que soy otra persona. Pero yo sé que no. Que soy el mismo. Que ni los años ni mi recorrido vital sirven como excusa.

Ahora sé que no pude terminar este relato porque sigo siendo aquel que te hizo daño y no sabe cómo pedirte perdón.

Grandes infelices


Me encanta este podcast, que recorre las vidas de grandes escritores de una manera diferente. En palabras de su autor, Javier Peña, indaga sobre cómo las infelicidades, problemas, traumas y complejos de los autores están reflejados en sus personajes, en sus tramas e incluso sus técnicas narrativas.

Porque en el fondo, los grandes escritores son, como nosotros, grandes infelices. Solo que con mucho más talento ;)

Muchas gracias por leerme. Pasa una feliz semana.

Pedro Paradís
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