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En los talleres de escritura hablamos sobre la construcción de personajes. Discutimos sobre los rasgos físicos, los psicológicos, la elección del nombre... Con estas herramientas creamos a los personajes de nuestras historias. Aunque esto no siempre funciona así.
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Algunas veces no necesitamos todo este proceso, porque los personajes ya los llevamos dentro. Así, un escritor puede convertir en personaje a su tío abuelo, que vivía tan obsesionado con los extraterrestres que los veía por todas partes. El recuerdo de ese tío abuelo, tan vivo dentro del escritor, puede convertirse en el mejor personaje para un relato en el que los extraterrestres llegan de verdad. No es necesario inventar nada cuando la realidad nos supera.
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Yo conocí a Viorel hace muchos años. Mi trabajo consistía en ayudar a personas que lo pasaban mal y él dormía en la calle. No sé por qué lo recuerdo, precisamente a él, de entre tanta gente. Creo que es porque yo llevaba poco tiempo en aquel trabajo y fue una de las primeras caras con las que me topé. Pero no solo fue por eso.
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Viorel llamaba la atención por muchos motivos. Dormía en la calle, pero vestía impoluto. No tenía dónde asearse, pero siempre se presentaba limpio y afeitado. Había algo en él de disciplina militar, de motor a tracción, siempre capaz de salir del barro. La verdad es que no recuerdo detalles de su vida que pueda contar, y tampoco sé si estaría bien reproducirlos aquí. Solo recuerdo aquella actitud vital que lo alejaba de sus circunstancias, como si una pertinaz ceguera le impidiera ignorar las dificultades. Como si una fe inquebrantable le asegurara que todo iría bien, aunque todo empeorase.
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Pasaron los años. Muchos. Yo cambié de trabajo. Me alejé de las personas y me rodeé de papeles. Hasta que un día, un papel —una nota de recepción— me anunció su regreso.
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Me esperaba sentado en recepción. Le reconocí de inmediato; no había cambiado apenas.
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Me contó que todo le iba muy bien. Que se había casado y tenía dos hijas. Que trabajaba, como yo, en uno de esos lugares en los que se ayuda a la gente. Que una persona a la que había ayudado había regresado para agradecerle su trabajo y contarle que estaba muy bien. En ese momento, él se había acordado de mí y había venido. Para agradecerme, para contarme que estaba muy bien.
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Yo le dije que le recordaba y que me alegraba mucho su visita. Que también me había casado. Que no tenía hijas, como él, pero sí tres gatos.
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No le dije que había escrito una novela titulada Zacarías y que él era uno de los personajes. No le conté que en mi historia él no se había casado, ni había sido padre, sino que aún vivía en el Paseo Ribalta. Que pasaba las noches con Zacarías y con Jamal. Que seguía luchando con voluntad férrea para salir adelante, tener un hogar, una pareja y dos hijas. No le dije que aquella novela se sostenía con el contrapunto de su personaje, el único optimista en un mundo tan áspero. No le dije que, sin él, la historia sería muy distinta.
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Quizá se enteré ahora, si el azar del algoritmo le trae a este rincón de Internet y ata cabos tras leer esto. Lo más probable es que nunca lo sepa.
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Cara de pan
Me ha encantado esta novela de Sara Mesa. Porque es difícil leer algo diferente y esta historia lo es de muchas maneras. Porque te inquieta en su premisa (un viejo se acerca a una niña en un parque) y también en el desarrollo de la historia y los temas que van apareciendo, como pájaros que vuelan de rama en rama en el parque.
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Muchas gracias por leerme. Pasa una feliz semana.
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