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Hola, suscriptor@:

Los vasos comunicantes se explican en la clase de física. Es algo difícil de explicar pero muy sencillo de ver con una sola imagen: si llenamos varios recipientes comunicados con agua, el líquido alcanza el mismo nivel en todos los recipientes. Si llenas de un lado sube de los demás; si vacías, lo mismo.

En los talleres de escritura también se habla de vasos comunicantes. Solo que en literatura los vasos comunicantes no son recipientes de cristal llenos de agua, sino relatos llenos de significado. Se ve mejor con un ejemplo.

Imagina a una mujer casada que quiere ver a un amigo de la infancia, pero no se atreve. A su marido no le gusta que quede con otros. La última vez que quedó con el amigo, su marido guardó un silencio rencoroso durante semanas y a ella se le hizo tan duro que renunció a volver a verlo. Desde entonces responde con excusas a las peticiones del amigo, cada vez más escasas, y le duele en el alma porque también ha perdido el contacto con su mejor amiga.

Imagina ahora a una niña que ha desobedecido a su padre y se ha ido a los cines del centro con un compañero de clase. Cuando regresa, su padre la castiga sin salir durante un mes. La niña estalla de rabia porque sus amigas sí pueden ir al centro y sus padres les dan dinero para palomitas. La niña no sabe que esa rebeldía se apagará con el tiempo.

Imagina que la mujer y la niña son la misma persona; veinte años las separan. Hasta podemos imaginar que el amigo de la niña es el mismo que intentará quedar con ella de mayor. Imagina que lees una novela que cuenta ambas historias, las superpone y juega con ellas. El narrador cambia de una historia a otra y nosotros, como lectores, entendemos las historias con mayor profundidad, porque actúan como vasos comunicantes y cada una enriquece a la otra.

Vemos que el marido actúa como un padre, y trata a su esposa como a una niña a la que no puede castigar sin salir, pero sí con su silencio y mezquindad.

Vemos a la mujer obligada a comportarse como una niña, no se vaya a enfadar otra vez. Imaginamos a la niña, con su rabia contenida, amordazada dentro de la adulta. Y deseamos que la rabia de la niña se desate algún día, ayudando a la mujer a marcharse de una vida que la ahoga.

Las dos historias juntas nos cuentan el fracaso de la adulta y la traición a lo que fue de niña.
Decimos que dos historias funcionan como vasos comunicantes si sus significados se influyen y refuerzan. Si cada gota de agua (cada lágrima derramada) en una historia hace crecer la otra.

Ruega por nosotros

Si has leído mis novelas quizá hayas encontrado algún vaso comunicante. Te menciono uno que aparece en Olvido (sin destriparte la historia).

Es el día de Todos los Santos y todo el pueblo ha subido al cementerio para rogar por los difuntos. El sacerdote comienza la letanía y los demás repiten sus palabras:

El sacerdote se aclaró la garganta antes de comenzar:
—Señor, ten piedad de nosotros.
—Señor, ten piedad —respondieron todos.

Mientras la voz de Olvido repite las letanías, su cabeza divaga entre los vecinos que han subido al cementerio. Este trozo está escrito de una forma un tanto peculiar: entremezcla la voz de Olvido repitiendo la letanía y los pensamientos por los que discurre su mente:

Y también Olvido respondía mecánicamente, mientras perdía la mirada entre sus vecinos, y divagaba al paso de la letanía, Cristo, ten piedad de nosotros, cada año menos gente, cada año más apagados, menos Rosario y Carmen Simón, las simonas, tan vigorosas desde que enviudaron, como si el orgullo no las dejara apagarse, Dios padre celestial, ten piedad de nosotros, y levantaban las narices al cielo, aquellas narices ganchudas, como si señalasen al mismo Dios, como si le pidieran explicaciones por los maridos, por llevárselos demasiado pronto, Dios hijo redentor del mundo, ten piedad de nosotros, porque orgullo siempre han tenido las Simonas, no como sus primas, ahí detrás...

Olvido ha dormido mal; alguien la acosa durante la noche, incluso han intentado entrar en su casa. Ella está aterrada. En ese momento se da cuenta de que la persona que la acosa está allí, en el cementerio (ha subido todo el pueblo). Tras tomar consciencia el tono cambia:

...san Esteban, ruega por nosotros, porque si esto que me pasa es lo que creo, si esto que me pasa es así, aquí también hay uno que me quiere hacer mal, san Lorenzo, ruega por nosotros, y está aquí, y reza la letanía, y ruega, ruega por nosotros, a todos los santos que tienen nombre, y cuando yo digo ruega por nosotros, él dice igual..., todos los santos mártires rogad por nosotros...

Esta es otra forma de utilizar los vasos comunicantes. No son dos escenas, como la mujer y la niña, sino dos diálogos simultáneos. En este caso, uno es verbal ―las voces repitiendo la letanía― y otro mental ―el diálogo interior de Olvido sobre sus vecinos―, aunque se reproducen juntos y mezclados, como si leyeramos el pensamiento de Olvido.

Son vasos comunicantes porque cada elemento se ve afectado por el otro.

La letanía que recita Olvido, al principio, son solo palabras vacías que repite mecánicamente mientras su mente divaga. Cuando se hace consciente del peligro, cada «ruega por nosotros» tiene otro significado. Ya no son palabras vacías sino una súplica real, una petición de ayuda.

Por otro lado, cuando Olvido se da cuenta de que la persona que la acosa debe estar allí mismo, está rodeada por sus vecinos. Todos repiten las mismas palabras, como una sola persona. El ambiente opresivo de la historia se manifiesta en todo un pueblo repitiendo las mismas palabras como uno solo, mientras ella se muere de miedo sin saber cuál de todos es quien la acosa.

Corto ya, que esta semana me ha quedado un poco largo. Solo añadiré que la lectura es el vaso comunicante de todas las cosas. Porque leer historias escritas por otros resuena con nuestra vida y nos ayuda a dar contexto e interpretarla. Porque una historia de opresión nos hace conscientes de nuestras cadenas o una historia de alienación de que hay un mundo por descubrir más allá de la rutina.

Ya me despido. Pasa una feliz semana.

Pedro Paradís
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